Junta de Vecinos Bellas Artes

Carlos Iturra: «Este barrio también está en mis cuentos»

Hace cerca de 45 años que el escritor Carlos Iturra vive en Bellas Artes. Tiempo suficiente para haber visto cambiar sus calles, desaparecer vecinos entrañables y transformarse algunos de sus espacios, pero también para atesorar una memoria privilegiada de un barrio profundamente ligado a la cultura. Conversamos con él sobre literatura, escritores, talleres, encuentros y recuerdos que revelan una historia que todavía camina entre nosotros.

Carlos, ¿cuántos años llevas viviendo en el barrio?

Yo creo que vamos para el medio siglo. ¡Qué horror! Unos 45 años.

En todo ese tiempo, ¿qué lugares o sectores sientes que se han mantenido como íconos del barrio?

Hay varios edificios muy bonitos que felizmente todavía están, pero el barrio ha evolucionado de tal manera que yo diría que el gran hito que permanece es el Museo Nacional de Bellas Artes.

También está la Biblioteca Nacional, por supuesto. Aunque, por el nombre de Bellas Artes, sospecho que la gente asocia inmediatamente el barrio con el museo.

Este barrio ha estado muy relacionado con escritores y artistas. ¿Recuerdas personajes que hayan formado parte de esa vida cotidiana?

Sí, varios. Por ejemplo, estaba la poeta Isabel Velasco, que vivía en Merced y que en sus últimos años fue anfitriona de María Luisa Bombal.

Era muy grato encontrarse con Isabel. Siempre andaba acompañada de un perrito. Es una de esas vecinas que, desgraciadamente, ya no están.

¿Qué es lo que más te gusta de vivir aquí?

Es sumamente cómodo. Creo que uno puede comprar prácticamente cualquier cosa en un radio de dos o tres manzanas.

Y si hablamos de comida, en tres o cuatro manzanas debes tener unas quince cocinas nacionales distintas: peruana, árabe, japonesa, china, hindú, tailandesa, francesa… Es una diversidad extraordinaria.

Durante mucho tiempo Bellas Artes fue también un lugar de encuentro para escritores y artistas. ¿Cómo recuerdas esos años?

No sé si diría que hubo una época particularmente gloriosa, pero sí recuerdo algo muy especial: la Feria del Libro que comenzó aquí, en el parque detrás del Museo de Bellas Artes y del Museo de Arte Contemporáneo.

Debe haber sido alrededor de 1984 o 1985. Se instalaban pequeños stands en el parque y era una feria tremendamente encantadora. Allí se juntaban los escritores y presentaban sus libros.

Después la feria creció tanto que tuvo que trasladarse a la Estación Mapocho. Pero aquella feria pequeña tenía algo muy grato, muy especial.

¿Hay algún escritor de esos años que recuerdes con particular cariño?

A Jorge Edwards, sin duda. Precisamente, la última vez que lo vi fue en la esquina de Merced con José Miguel de la Barra.

Yo iba con una de mis perritas, la que me quedaba de las dos que tuve. Jorge iba del brazo de su hijo. Me miró y me dijo: “Veo que vas bien protegido”.

Lo recuerdo delgado, caminando acompañado de su hijo. Fue la última vez que lo vi y es una imagen que recuerdo con mucho cariño.

A propósito de los artistas y del barrio, ¿Bellas Artes también ha inspirado tu obra?

Sí. Ahora que me hacen la pregunta, puedo rastrear varios cuentos publicados que transcurren en este barrio o que están basados en sus cercanías, en sus proximidades.

Tengo unos cuantos. Aunque ahora que me doy cuenta de eso, quizá necesito buscar nuevos escenarios.

Si hoy tuvieras que escribir un cuento ambientado en Bellas Artes, ¿dónde comenzaría?

No funciona exactamente así para mí. Cuando escribo un cuento pienso primero en el argumento. Los escenarios son secundarios.

Creo que son pocos los cuentos que he escrito que dependen realmente del lugar donde ocurren. Muchos podrían suceder aquí o en otro barrio.

Para escribir uno que necesariamente tuviera que ocurrir en Bellas Artes, primero tendría que encontrar una trama. Más bien uno espera que las historias vengan, en vez de ir detrás de ellas.

Has publicado numerosos libros. ¿Estás trabajando en algo nuevo?

Sí. Tengo dos libros nuevos y ambos son de cuentos.

Uno reúne cuentos nuevos. El segundo también es de cuentos, pero de anticipación. No quiero llamarlos de ciencia ficción, porque no dependen de una ciencia futura, sino más bien de imaginar sociedades futuras posibles.

Así que tengo ese conjunto de cuentos de anticipación y me encantaría encontrar a quién entusiasmar para que lo publique.

Además tienes una larga relación con los talleres literarios. Participaste en los de Enrique Lafourcade y después en el de José Donoso. ¿Cómo recuerdas esa experiencia?

Los talleres de Lafourcade fueron de los primeros. Creo que comenzaron alrededor de 1975 o 1976. El primero funcionó en un lugar en las Torres de Tajamar; a ese yo no alcancé a asistir.

Después Lafourcade consiguió que se hiciera un gran ciclo de talleres en la Biblioteca Nacional. Él estaba a cargo de narrativa y había otros escritores trabajando distintos géneros.

En narrativa coincidieron como alumnos Marco Antonio de la Parra, Mariana Callejas, Carlos Franz, Gonzalo Contreras y Eduardo Llanos, entre otros.

Después, alrededor de 1985, llegó José Donoso a Chile y abrió su taller. Yo tuve la suerte de estar ahí también.

Y digo realmente “la suerte”, porque tanto Lafourcade como Donoso eran escritores extraordinarios, aunque en sentidos muy distintos.

Por el taller de Donoso pasaron también distintos escritores y personas vinculadas a la cultura. Fue una experiencia maravillosa.

¿Qué significó para ti, como escritor, aprender directamente de autores como ellos?

En lo personal, creo que me ahorró muchos años de aprendizaje.

Estos maestros, a partir de su propia experiencia, podían decirte algo en una frase, hacerte una observación y abrirte los ojos frente a un aspecto de la escritura que no se te olvidaba nunca.

No sé cuánto tiempo habría necesitado uno para descubrir por sí mismo algunas de esas cosas. Si es que llegaba a descubrirlas.

Hoy tú también tienes un taller de escritura. ¿Has pensado en abrirlo a nuevas personas, quizás incluso a vecinos del barrio?

Lo he pensado mucho. Me he quebrado la cabeza pensando cómo hacerlo: por Instagram, por aquí, por allá…

Antes uno ponía un aviso en el diario y se enteraba medio mundo. Hoy no es tan fácil saber dónde hacer un anuncio para encontrar a las personas interesadas.

Pero voy a pensarlo nuevamente.

Para terminar, queremos pedirte recomendaciones. ¿Qué libros no deberían perderse nuestros vecinos?

Bueno, si hablamos de este barrio, María Luisa Bombal, por favor. Si alguien no ha leído a María Luisa Bombal, que lea su obra completa.

Además, es una obra breve: están sus dos novelas cortas, La última niebla y La amortajada, y algunos cuentos, entre ellos el maravilloso El árbol.

Y recomendaría también un libro de Jorge Edwards que me gustó muchísimo y que recuerdo con mucho gusto: Fantasmas de carne y hueso.

Son cuentos y allí se puede apreciar lo diestro que era Jorge también en ese género.

¿Y uno tuyo?

El último, por supuesto. Uno siempre considera que el último es el mejor de todos: Nada en el espejo. Creo que debe ser uno de mis mejores libros.


Un vecino entre las páginas del barrio

Después de casi medio siglo viviendo en Bellas Artes, Carlos Iturra habla de sus calles sin grandilocuencia. Sus recuerdos aparecen en pequeñas escenas: una poeta caminando con su perro, escritores reunidos entre modestos stands de libros, un encuentro casual con Jorge Edwards en una esquina o personajes que, casi inadvertidamente, terminaron entrando en sus propios cuentos.

Son recuerdos personales, pero también fragmentos de una memoria colectiva.

Porque el patrimonio de un barrio no está únicamente en sus edificios, museos, parques o fachadas. También permanece en quienes han vivido sus transformaciones, recuerdan a quienes ya no están y pueden todavía contar las historias que ocurrieron detrás de las puertas y en las esquinas que recorremos todos los días.

Carlos Iturra es uno de esos vecinos.

Y Bellas Artes, descubrimos conversando con él, no es solamente el lugar donde ha vivido durante cerca de 45 años. También es uno de los escenarios desde donde ha mirado, recordado y escrito el mundo.

Nota realizada por Cristian Morales y Paula Escobar